El sastre de mi abuelo

El sastre de mi abuelo

Mi abuelo, en la imagen, entre otras muchas cosas, fue director de banquetes del hotel Hilton, en Madrid. En los álbumes de mi abuela había fotos de él con Sofía Loren, Steve McQueen, John Wayne, Alfred Hitchcock y muchos otros famosos del cine. Es por eso que mi abuelo siempre se vio obligado a cuidar mucho su imagen. Sus trajes estaban hechos a medida. No diré el nombre de la sastrería por la historia que os contaré ahora, tal y como me la contó mi abuelo.

La sastrería era de dos sastres. Uno de ellos era muy trabajador, siempre estaba allí, tomando medidas, haciendo ajustes, vigilando que todos los encargos se hicieran cuidadosamente. Era una de las 3 mejores sastrerías de Madrid y el volumen de trabajo (y facturación) era enorme. El otro socio, apenas pisaba la sastrería. Dormía hasta medio día, y en ocasiones ni siquiera eso. Aparecía por allí a cualquier hora, dejaba las anotaciones de algunos encargos en servilletas y posa vasos, hacía algunas indicaciones a los trabajadores y trabajadoras del taller, hacía algunos encargos de telas y desaparecía.

El primero se quejaba del segundo siempre, pero como lo quería como a un hermano, lo dejaba hacer. Sabía que llevaba un estilo de vida que rivalizaba con el de Fran Sinatra o el Gran Gatsby. Pero de alguna manera la sastrería funcionaba.

Un noche, sin embargo, tuvo un accidente de coche. Su potente Mustang, comprado al embajador de EEUU se estampó contra un árbol. Murió él y su acompañante, una hermosa señorita aspirante a actriz. Su muerte apareció en los diarios.

El sastre laborioso había perdido a su hermano pero pensó que aquello no afectaría a la sastrería. A fin de cuentas apenas estaba allí. Pero poco a poco la facturación empezó a bajar. En ese declive, que duró un año, tuvo tiempo de descubrir lo que había pasado.

Reconstruyó los últimos años de la vida de su socio a través de las historias que le contaron sus clientes, a medida que los perdía, y al tener que vaciar el lujoso ático en el que vivía, con vistas al Retiro (murió sin familia). Resultó que su socio hacía algo más que visitar los locales de moda, las mejores fiestas y los eventos más importantes de la capital. Mientras se paseaba con actrices y modelos, tomaba notas incesantemente de las tendencias, de lo que los caballeros vestían. Hablaba con todos, era el alma de la fiesta, todos escuchaban embelesados sus historias y reían con sus bromas. Envidiaban su estilo, sus trajes y sus acompañantes. Él fingía simplemente llevar este superficial estilo de vida, mientras acumulaba libros y publicaciones que se hacía traer de Nueva York, París y Milán. Amaba su oficio. Y los caballeros de Madrid amaban sus trajes. Y se los encargaban. Se los encargaban a él (siempre llevaba una cinta de medir) o se pasaban por la sastrería diciendo que venían de parte del señor… que habían conocido en tal o cual fiesta.

El segundo sastre aportaba valor. Y esa es la clave. Aportar valor. Hacer tu arte, de la manera que sea. Puede que no sea de la manera convencional. pero si hay algo valioso que es creado, no importa el proceso creativo, importa el resultado.

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